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  • César Alejandro Esparza

El factor tercera mujer

En esta ocasión me gustaría compartirte un cuento breve que escribí en 2020, justo en medio de la pandemia para un concurso de la página Freeman. El cual considero de importancia, al ser el recuerdo de un suceso que paralizó al mundo, siendo un reflejo de nuestros miedos, tristezas y otros sentimientos; además, la historia es basada en un hecho real, el cual viví en 2017 al hacer cima en el Pico de Orizaba por primera vez en la cara sur. Espero sea de tu agrado.




Definitivamente no creo en lo sobrenatural, la montaña implica grandes peligros como para “congelarse” por algún fenómeno paranormal; por tal motivo, recurro a explicaciones “científicas” ante esos sucesos… No es cierto, no siempre. En alguna ocasión, acampando en La Malinche con un grupo de amigos, una vez terminada la cena alguien miró al cielo y asombrado nos llamó; había más de treinta luces moviéndose coordinadamente hacia el norte. Coincidió con el incidente entre EU e Irán unos días antes, por lo que alguien afirmó que se trataba del inicio de la guerra nuclear y cuando bajáramos de la montaña sólo habría ruinas en las principales ciudades del continente. No nos pueden culpar por pensarlo, recuerden a los andinistas que se fueron a las montañas de Bolivia durante 46 días y al volver a la ciudad encontraron las calles desiertas y al mundo entero en cuarentena por el coronavirus. El miedo se apoderó de nosotros al escuchar gritos en los otros campamentos que también observaron el suceso. La teoría de la guerra nuclear era más lógica que la de la invasión extraterrestre, aceptémoslo. Y es que, con el tiempo aprendes a distinguir entre satélites, aviones, cometas y otros fenómenos en el cielo ¡pero esa cantidad de luces! Indiscutiblemente no había explicación, al menos no en ese momento. Ya en la ciudad y gracias al internet descubrimos que el fenómeno se trató del proyecto Starlink de Space X; un aproximado de sesenta o más satélites que viajan en grupo alrededor de la tierra para llevar datos a gran parte del planeta: encontramos la explicación científica.


Pero esa no ha sido mi más clara experiencia de “paranormalidad”. Algunos reconocidos montañistas han mencionado el fenómeno Factor Tercer Hombre. Dejando de lado los estereotipos patriarcales de los fantasmas, pude experimentar lo que llamaré el Factor Tercera Mujer; cuando por primera vez, junto con mi amiga Ale fuimos a la cara sur del Pico de Orizaba. En el refugio se encontraba otra cordada, platicando con el guía, nos orientó sobre la forma de tomar la ruta, — Subes por ese lomo hasta llegar al Púlpito del Diablo, ahí debes tener cuidado porque es donde hay caída de piedras, terminando el arenal en el último tramo que es el más inclinado llegas a la cima—.


Era temporada de lluvias y solo nos encontrábamos dos cordadas en el refugio. Ale y yo entrenamos durante meses para esto, por lo que el plan era caminar sin tomar demasiados descansos. Después de cuatro horas a un paso constante el agotamiento llegó y por subir deprisa ni siquiera nos percatamos que a nuestro alrededor se formó una nube que no nos dejaba ver a la otra cordada, que se suponía estaría unos metros debajo de nosotros. A la distancia percibíamos algunos relámpagos, pero coincidimos en que la tormenta eléctrica aún estaba lejos. A unos pasos de la cima, el viento era fuerte y al avanzar rápido, arribamos antes de lo programado, que sería al amanecer. Fui el primero en acercarme a la cruz del cráter, cuando por un momento tuve la sensación de no ser el único. Una mujer sentada nos esperaba a lado de la cruz. Aunque era imposible que alguien más estuviera ahí a esa hora. Al acercarme comprobé que solo estaban las banderas tibetanas amarradas, supuse que era una especie de alucinación; no queriendo dar más importancia me di a la tarea de tomar fotografías, las nubes y el alba que comenzaba a aparecer creaban hermosas figuras. Al llegar, Ale se me acercó asombrada, — A lo lejos vi que estabas con otro hombre— me dijo. Eso me animó a comentarle que a mí también me pareció ver a alguien esperándonos, solo que me parecía tratarse de una mujer. — Obviamente debe haber una explicación lógica — dije, —estamos agotados, a 5,636 metros de altura, hay muchas sombras provocadas por la neblina, y la cruz con las banderas deben aparentar a cierta distancia una forma humana. Eso debe ser, no se diga más, sigamos disfrutando nuestra cima—.


Inmediatamente la neblina se volvió densa y apenas reconocíamos las luces de nuestras lámparas. Intentamos descender entre la lluvia y el viento cuando un trueno retumbó justo en la cima. Invadido de miedo intenté buscar a Ale, sentía la caída de granizo y piedras en la cara. Recordé que de acuerdo al guía de la otra cordada, estaríamos en la zona con mayor desprendimiento de rocas. Cuando volví a ver a quien pensé era Ale a unos metros debajo de mí, haciéndome señas para que la siguiera, me sorprendió la seguridad con que había tomado el papel de guía en ese momento; fue tal que no dude en seguirla. Descendimos durante dos horas más; a pesar de que eran las 10 de la mañana, la nube que nos cubría no nos permitía ver nada, hasta que a unos metros abajo pude distinguir las luces de quienes estaban en el refugio. Las seguí y al llegar fue grande mi sorpresa al no encontrar a mi compañera de cordada, quien llegaría hasta diez minutos después. La otra cordada decidió una hora después de iniciado su ascenso que el clima sería peligroso y volvieron al refugio, siendo Ale y yo los únicos que subimos ese día.


Ya de camino a casa, al parecer ninguno de los dos quería hablar de tema.


— Gracias por guiarme al refugio— me dijo Ale. Creí que lo decía con sarcasmo, pero no fue así.

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